El destino que todos seres humanos enfrentamos

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Otra vez, la liturgia de esta temporada nos recuerda de la muerte que nos espera a todos. Aun, este año no necesitamos aviso. El titular en el diario grita: "200,000 muertos en la pandemia". Aumentando diariamente, el COVID-19 y su amenaza mortal habitan cada hora nuestra vigilia, en especial en nosotros que hemos vivido allende de nuestra expectativa de vida. La probabilidad de sobrevivir es una en diez.

Entonces, cada mañana mientras que preparo mi tasa de café en el silencio de nuestra cocina, mi esposa todavía durmiendo tranquilamente, doy gracias a Dios por el nuevo día y por el placer de otra vez gozar el aroma y sabor de esta bebida favorita.

Y, recorriendo las oportunidades que presenta el día, pienso de la nueva novela que puedo leer; el recién publicado libro sobre la justicia que me regalo mi hija; la receta que puedo cocinar; o avanzar el desarrollo de un libro que empecé años atrás; y, no menos, una media hora de meditación que en estos días tan difíciles nos brinda tranquilidad. Y, por supuesto, si hallo el tiempo, también trabajaré un crucigrama o juego de sudoku.

Sin embargo, todo esto no destierra el temor del destino que todos enfrentamos. Al salir a recoger el diario, recuerdo que mi primo Guillermo Suazo murió de un ataque cardiaco haciendo eso hace décadas, un gesto de su devoción a su esposa, Teresa.

Después durante mi ducha, recuerdo que el mes pasado, mi primo Arturo Aragón se cayó en el baño de su casa en California y murió de un golpe en la cabeza, apenas unos días de celebrar su 85 cumpleaños. Y su esposa, Gracia, en las últimas etapas de Alzheimer, quizás dándose cuenta de que su lucha ya no tenía sentido, lo siguió pocos días después.

Al contemplar la amenaza del virus, agradezco que bendición fue el modo que murió mi padre en 1981. Era jardinero y como ya llegaba la primavera en Colorado, donde él y Mamá vivían, anticipaba con entusiasmo empezar de nuevo el trabajo que le encantaba, el cortar césped, cuido de árboles y cultivación de flores.

En camino de Nueva York a Los Ángeles para dar charlas y hacer reportajes como periodista, decidí pasar el fin de semana con mis padres. Disfrutamos los tres días en reminiscencia de la vida dura del pasado, pero una muy dichosa y de fruto.

Unos días después, mientras trabajaba en California recibí la triste noticia que mi padre, aparente en buena salud a la edad de 77 años, había muerto tranquilamente mientras dormía.

Siendo parte de una grande familia que vive muchos años, todos nos sentimos en paz con lo que nos espera. Un hermano, de 81 años, ha planeado y pagado por su funeral, especificando hasta el detalle de especificar la canción de Frank Sinatra que deben tocar durante el servicio memorial: "Lo hice a mi manera."

Mientras tanto, sique haciendo el trabajo que le encanta: maestro en una escuela católica. En el lenguaje de su profesión dice que está listo para su examen final.

Sin embargo, oramos a Dios que nos salve del COVID-19. Pero si eso llega a pasar, pedimos que podamos aceptar nuestro destino con el brío de mi tío José Dolores "Lolo" Perea, un sheriff deputado en el condado de San Miguel en Nuevo México en los años 1960.

Despertando una noche en 1967 con un derrame masivo intestinal, descubrió en el hospital que los cirujanos no podían salvarlo. Aconsejó a mi tía Julia sobre lo que ella tenía que hacer y luego pasó sus últimos momentos resolviendo el crucigrama que era su placer diariamente.