Por Hosffman Ospino, CNS

¿Por cuál de los candidatos imperfectos he de votar?

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Las elecciones nos invitan a votar como ciudadanos y a escoger a quienes consideramos como los mejores servidores públicos preparados para responder a las exigencias y circunstancias del tiempo presente.
Ya sea que el propósito sea elegir al presidente del país o a los miembros del comité escolar en nuestras localidades, como ciudadanos queremos servidores públicos que sean decentes, trabajadores, dedicados al bien común, que respeten la vida y la dignidad humana en todo momento, comprometidos con la verdad y la justicia, idóneos y capaces de trabajar con otras personas. Como papá de dos niños abriéndose camino en la vida, quiero servidores públicos que inspiren y den buen ejemplo.
La expectativa es exigente pero no imposible. Con un poco de disciplina, cualquier persona puede llegar a encarnar estos rasgos. Los enseñamos en nuestros hogares y escuelas. Escuchamos de ellos en nuestras iglesias. Le aseguramos a nuestros hijos y nietos que sí son posibles.
Cultivamos dichos rasgos para asegurar un mínimo de civismo. Veneramos a quienes los viven de manera ejemplar. Cuando las personas los cultivan con el propósito de llevar a otros a Cristo, proclamando el Evangelio y confiando explícitamente en la gracia de Dios, entonces hablamos de santidad.
Sin embargo, ser santo no es un requisito para ser elegido como servidor público. Tampoco ser perfecto. Los candidatos políticos hacen una labor excelente resaltando sus logros y fortalezas. En medio de sus campañas sus imperfecciones también salen a la luz pública. Al final de cuentas, son humanos como cualquiera de nosotros.
Reconocer el lado humano de nuestros líderes políticos es importante. Tratarlos como figuras mesiánicas es simplemente idolatría. Esperar que no tengan faltas es ingenuo.
Es común que las campañas políticas se valgan de lenguaje que evoque la lucha entre el bien y el mal. No nos debe sorprender. Este es un tema que juega un papel fundamental en nuestro imaginario literario, religioso y de cultura popular. Sin embargo, dicho dualismo se hace tóxico e incluso peligroso cuando impone que las personas encajen en un lado o el otro.
La tradición católica afirma que toda persona es intrínsecamente buena. Aun así, como seres finitos tenemos que aceptar nuestras imperfecciones y limitaciones. ¿Por cuál de los candidatos imperfectos he de votar?
Ningún candidato político representará fielmente las esperanzas más nobles de las comunidades de fe, lo cual no es novedad. Ninguno lo ha hecho o lo hará. Lo mínimo que podemos esperar de aquellos candidatos que se identifican con una tradición religiosa es que se inspiren en los mejores elementos de esta tradición para servir a todos por igual.
El sistema político estadounidense no es una teocracia sino una democracia. Imperfecta, ciertamente, pero se mantiene como un sistema que en principio garantiza que cualquier persona pueda elegir o ser elegida sin ser limitada por barreras religiosas o sin ningún tipo de coerción, ya sea de carácter secular o religioso.
Los católicos estadounidenses entienden esto. Hace unos 150 años, muchas personas en esta nación dudaban que los católicos podían participar activamente en la vida pública de la nación. Pues bien, lo hemos hecho y muy bien.
¿Por cuál de los candidatos imperfectos he de votar? En última instancia, la respuesta a este interrogante se encuentra en nuestra conciencia, "el núcleo más secreto y el sagrario" de cada persona, como nos lo recuerda el Concilio Vaticano II.
En su documento "Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles", los obispos católicos de los Estados Unidos afirmaron con toda claridad: "La responsabilidad de tomar decisiones en la vida política recae en cada individuo a la luz de una conciencia debidamente formada". Aquí los obispos tratan a los ciudadanos católicos como adultos.
Mi plan es votar como fiel ciudadano católico. Para ello seguiré la recomendación de los obispos de formar mi conciencia. También ejerceré mi responsabilidad personal de estudiar en detalle a los candidatos, sus acciones y sus plataformas políticas.

Oro por la sabiduría de votar de buena fe por servidores públicos que, a pesar de sus imperfecciones, con una conciencia formada yo mismo pueda considerar que son decentes, trabajadores, dedicados al bien común, que respeten la vida y la dignidad humana en todo momento, comprometidos con la verdad y la justicia, idóneos y capaces de trabajar con otras personas. Espero elegir personas que pueda presentar a mis hijos como servidores públicos que inspiran y dan buen ejemplo.